La cena Ella no espera, él tampoco, yo lo intento. La mesa siempre puesta, una afirmación para los tres. La lentitud en sus actos, los sesos rugiendo y yo muriendo. No se comparte, la mesa es rectangular, ya no hay memoria para describir más. El ruido no puede edificar, pero la saliva si. ¿Quién quiere esperar para cenar? Los extraño, espero coman bien, Ella cocina, él recoge y yo lavo. ¿Un recuerdo? ¿Sal? Atrapado, sus ojos no son rápidos pero, agotados de observar, Marcos opta por llorar. La humedad y la salinidad de sus lágrimas no las distingue del sabor a mar. Su boca seca, apenas humectada por algunas gotas. Marcos no sabe parar ni diferenciar. Sumergirse más, un poco más. Así no se verá en la obligación de explicar un asesinato, ni mucho menos, el abandono de su voluntad. Marcos calla todo. A veces menciona lo mucho que añora el mar, ese que abarca la inmensidad. Que en su profundidad Marcos puede desaparecer. El mar que le permitió a Marcos reír y llorar. Self cont...
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