Por Realista Ingenuo
A continuación se presenta una descripción de las minas de oro situadas en los confines de Egipto (s. II a.C.) extraída de la Biblioteca Histórica de Diodoro Sículo (s. I a.C.), historiador griego que recopiló testimonios sobre el mundo antiguo.
Las minas que describe Diodoro se encontraban en el desierto oriental de Egipto, en la franja árida que separa el valle del Nilo de la costa del Mar Rojo, en la región que los antiguos llamaban Arabia y que hoy corresponde aproximadamente a la provincia egipcia del Mar Rojo.
<<Por las partes extremas de Egipto, limítrofe con Arabia y Etiopía, existe un lugar con numerosas y grandes minas de oro, en las que se recoge mucho con mucho sufrimiento y gasto.
Siendo la tierra negra por naturaleza y con muchos filones y venas de mármol sobresalientes por su blancura y superiores a todas las materias brillantes en brillantez, los encargados de los trabajos mineros elaboran el oro empleando a una gran cantidad de trabajadores. Los reyes de Egipto, reuniendo a los condenados por delitos, a los capturados en la guerra e incluso a los que han caído en acusaciones injustas y han sido mandados a prisión por animosidad, los entregan a la minería del oro; en ocasiones, a ellos solos; en ocasiones, a toda su familia, con lo que obtienen, a la vez, el castigo de los culpables y, a la vez, grandes ingresos mediante esos trabajos.
Son muchos en número los entregados y atados todos con grilletes, y prosiguen continuamente en los trabajos, por el día y durante toda la noche, no tomándose ningún descanso y privados cuidadosamente de toda escapatoria. Les vigilan guardias de soldados bárbaros que usan idiomas distintos para que nadie pueda corromper a ningún vigilante por medio de la conversación o de alguna relación amistosa. Tras quemar con un gran fuego la tierra aurífera más dura y hacerla porosa, se dedican al trabajo con las manos. En la roca blanda, capaz de ceder con un trabajo moderado, se esfuerzan con un cortador de piedra de hierro miríadas de hombres desgraciados. Todo el proceso lo dirige el técnico que distingue la piedra y se la indica a los trabajadores; de entre los asignados a ese infortunio, los que sobresalen en fuerza corporal cortan la roca marmórea con martillos de hierro, aplicando no técnica, sino fuerza a los trabajos, recortando galerías no con rectitud, sino según sean las vetas de la roca resplandeciente. Estos hombres, pues, permaneciendo en la oscuridad por las curvas y sinuosidades de los túneles, llevan luces aparejadas sobre la frente; cambiando muchas veces la posición de sus cuerpos por las particularidades de las rocas, arrojan al suelo los trozos de piedra cortada; y esto lo ejecutan incesantemente bajo la dureza y los azotes de un vigilante.
Los niños aún no adolescentes se introducen a través de las galerías en los huecos de la roca, recogen penosamente la roca caída poco a poco y la conducen al lugar fuera de la bocana, al aire libre. Y, tomándosela los de más de treinta años, golpean con mazos de hierro una medida determinada de fragmentos en morteros de piedra hasta que la trituren del tamaño de una lenteja. Las mujeres y los hombres más viejos reciben de ellos la piedra como una lenteja y, puesto que hay muchas muelas en serie, la arrojan sobre ellas y, situándose de tres en tres o de dos en dos en el mango, la muelen hasta que trituren la medida dada con aspecto de harina. Habiendo en todos falta de cuidado del cuerpo y no habiendo vestido protector de sus vergüenzas, no hay quien, viéndolo, no compadezca a los desgraciados por el exceso de su calamidad: no obtienen absolutamente ninguna clemencia ni descanso ni el enfermo, ni el lisiado, ni el viejo, ni la mujer débil, sino que todos son obligados con azotes a proseguir en los trabajos hasta que fallezcan maltratados entre torturas. Por lo tanto, los infortunados consideran siempre más temible el futuro que el presente por el exceso de su castigo y reciben la muerte como más deseable que la vida.
Por último, cogiendo los artesanos la piedra molida, la llevan a su completo acabado: frotan el mármol triturado sobre una plataforma de madera un poco inclinada vertiendo agua; después, la parte terrosa, disuelta mediante el líquido, fluye por la inclinación de la madera, pero la parte que contiene oro permanece sobre la madera a causa de su peso. Y, al hacerlo muchas veces, primero lo frotan ligeramente con las manos y, después de eso, presionando suavemente con esponjas delicadas, extraen la parte porosa y terrosa mediante ellas hasta que el polvo de oro se vuelva puro. Por último, tomando otros artesanos lo reunido según una medida y un peso, lo echan en marmitas cerámicas; y, mezclando un montón de plomo proporcionado a la cantidad, granos de sal y además un poco de estaño, también le introducen levadura de cebada; y, tras hacer una tapa ajustada y untarla cuidadosamente en derredor con barro, lo cuecen en un horno cinco días e iguales noches ininterrumpidamente; después, dejándolo enfriar, no encuentran ninguna de las otras cosas en los recipientes, sino que recogen el oro puro, produciéndose poca pérdida.
La elaboración del oro, pues, realizada en las partes extremas de Egipto se lleva a cabo con tantas y tales fatigas; la misma naturaleza, creo, hace evidente que el oro tiene un origen fatigoso, una custodia difícil, una ambición grande y una utilización a medias de placer y de pena. El descubrimiento, pues, de estas minas es totalmente antiguo, descubierto por los reyes primitivos.>>
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