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El desfile de las hormigas

 A continuación, se presenta un fragmento extraído del libro "Mitos y símbolos de la India"  de Heinrich Zimmer, sobre los ciclos de reencarnación de Indra, expresada en una pequeña parábola.


La historia arranca con la gran victoria de Indra, el rey de los dioses, tras abatir al dragón que retenía las aguas del cielo y sumía al mundo en la aridez. Con el retorno de la vida y el orden cósmico, Indra se encuentra con que la antigua ciudad celestial ha quedado en ruinas tras el dominio del monstruo. Embriagado por su triunfo y convencido de su omnipotencia, el rey exige al divino arquitecto, Visvakarman, la construcción de un palacio monumental sin parangón en el universo.

A medida que el proyecto avanza, las ambiciones de Indra crecen de manera desmedida y megalómana: cada visita del dios trae nuevas exigencias, terrazas y jardines infinitos que llevan al artesano al borde del agotamiento. Desesperado, Visvakarman acude a Brahma, el creador demiurgo, y este a su vez apela a Vishnu, el Ser Supremo. La respuesta divina no se hace esperar.

A la mañana siguiente, un niño resplandeciente de apenas diez años se presenta a las puertas del palacio. Indra, divertido y condescendiente ante la aparente inocencia del pequeño peregrino, lo recibe con todos los honores. Es entonces cuando el niño, con una voz profunda que presagia lo inesperado, le pregunta cuánto tiempo tardará en concluir una obra semejante, deslizando una frase desconcertante sobre los Indras que lo precedieron. Divertido por la pretensión del muchacho, el soberano de los dioses le pregunta con paternal suficiencia:

Desde luego; he visto muchos —su voz era cálida y dulce como la leche de vaca recién ordeñada; pero sus palabras hicieron correr un frío lento por las venas de Indra—. Hijo mío —prosiguió el niño—, yo he conocido a tu padre Kasyapa, el Anciano Tortuga, señor y progenitor de todos los seres de la tierra. Y he conocido a tu abuelo Marici, Rayo de Luz Celestial, hijo de Brahma. Marici fue engendrado por el espíritu puro del dios Brahma; su riqueza y su gloria fueron su santidad y su devoción. Y también conozco a Brahma, al que Visnu hace salir del cáliz del loto nacido de su ombligo. Y al propio Visnu, el Ser Supremo que sostiene a Brahma en su labor creadora, lo conozco también.


»Oh, Rey de los Dioses, yo he conocido la disolución espantosa del universo. He visto perecer a todos una y otra vez, al final de cada ciclo, momento terrible en que cada átomo se disuelve en las aguas puras y primordiales de la eternidad de donde habían salido originalmente. Así, pues, todo regresa a la infinitud insondable y turbulenta del océano cubierto de absoluta negrura y vacío de todo vestigio de seres animados. Ah, ¿quién puede calcular los universos que han desaparecido o las creaciones que han surgido, una y otra vez, del abismo informe de las aguas inmensas? ¿Quién contar los siglos efímeros del mundo según se van sucediendo interminablemente? ¿Y quién enumerar los universos que hay en la infinita inmensidad del espacio, cada uno con su Brahma, su Visnu y su Siva? ¿Quién decir los Indras que hay en ellos, los Indras que reinan a la vez en los innumerables mundos, los que desaparecieron antes de que éstos surgieran, y los que se suceden en cada línea, remontándose a la divina realeza, uno tras otro, y, uno tras otro, desapareciendo? Oh, Rey de los Dioses, hay entre tus siervos quien sostiene que es posible contar los granos de la arena que hay en la tierra y las gotas de la lluvia que cae del cielo, pero que jamás pondrá nadie número a todos esos Indras. Eso es lo que saben los Sabios.

»La vida y reinado de un Indra dura setenta y un eones; y cuando han expirado veintiocho Indras, ha transcurrido un Día y una Noche de Brahma. Pero la existencia de un Brahmá, medida en Días y Noches de Brahma, es sólo de ciento ocho años. Brahma sucede a Brahma; desaparece uno y surge el siguiente; no se pueden contar sus series interminables. El número de Brahmás no tiene fin... por no hablar del de Indras.

»Pero ¿Quién puede calcular el número de universos que hay en un momento dado, cada uno albergando un Brahmá y un Indra? Más allá de la visión más lejana, apretujándose en el espacio exterior, los universos vienen y se van, formando una hueste interminable. Como naves delicadas, flotan en las aguas insondables y puras que son el cuerpo de Visnu. De cada poro de ese cuerpo borbotea e irrumpe un universo. ¿Puedes tú presumir de contarlos? ¿Puedes contar los dioses de todos esos mundos... de los mundos presentes y pasados? 

Una procesión de hormigas había hecho su aparición en la sala durante el discurso del niño. En orden militar, formando una columna de cuatro metros de anchura, la tribu avanzaba por el suelo. El niño reparó en ellas; calló y se quedó observándolas; luego soltó una asombrosa carcajada, pero acto seguido se abismó en mudo y pensativo silencio.

—¿De qué te ríes? —tartamudeó Indra—. ¿Quién eres tú, ser misterioso, bajo esa engañosa apariencia de niño? —el orgulloso rey sentía secos los labios y la garganta; y su voz siguió repitiendo entrecortada—: ¿Quién eres tú, Océano de Virtudes, envuelto en bruma ilusoria?

El asombroso niño prosiguió:

—Me han hecho reír las hormigas. No puedo decir el motivo. No me pidas que lo desvele. Ese secreto encierra la semilla del dolor y el fruto de la sabiduría. Es el secreto que abate con un hacha el árbol de la vanidad mundana, y corta sus raíces y desmocha su copa. Ese secreto es una lámpara para los que andan a tientas a causa de la ignorancia. Ese secreto se halla enterrado en la sabiduría de los siglos y rara vez se revela siquiera a los santos. Ese secreto es el aire vital de los ascetas que renuncian a la existencia mortal y la trascienden; pero a las personas mundanas, engañadas por el deseo y el orgullo, las destruye.

El niño sonrió y se quedó callado. Indra le miró, incapaz de moverse.

—¡Oh, hijo de brahmán —suplicó el rey a continuación, con nueva y visible humildad—, no sé quién eres. Pareces la encarnación de la Sabiduría. Revélame ese secreto de los tiempos, esa luz que disipa las tinieblas.

Requerido de este modo, el niño enseñó al dios la oculta sabiduría:

—He visto, oh Indra, cómo desfilan las hormigas en larga procesión. Cada una fue un Indra en otro tiempo. Al igual que tú, cada uno, en virtud de piadosas acciones pasadas, ascendió al rango de rey de los dioses. Pero ahora, tras multitud de renacimientos, cada uno se ha convertido otra vez en hormiga. Ese ejército es un ejército de antiguos Indras.

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