"(...) Yo no dejo los guijarros para nadie. Tampoco porque sea una norma social, para que lo vean los demás. No tengo familia y soy el único que visita la tumba. Tampoco lo hago por miedo o por superstición. Y desde luego, tampoco por la esperanza de una recompensa en el más allá: siempre, desde que era niño, he creído que la vida es una chispa entre dos vacíos idénticos, la oscuridad antes del nacimiento y la oscuridad después de la muerte.
—La vida, una chispa entre dos vacíos. Es una bella imagen, Josef. ¿Y no es extraño que estemos tan preocupados por el segundo vacío y que, en cambio, nunca pensemos en el primero?" (p. 295)
Irvin Yalom - El día que Nieztsche lloró

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